TESTIMONIOS:
Sus amigas y vecinos

Yo tenía 15 años y ella unos 20. Me ofreció ayudarme en
mis deberes escolares. Iba a su casa y le mostraba mis composiciones literarias
o le pedía ayuda para resolver los problemas de álgebra. Gracias a sus precisas
indicaciones y por el don innato que tenía de comunicar sus conocimientos,
llegué a ser muy pronto fuerte en matemáticas. Me ha fascinado siempre, sobre
todo, por su alegría joven y comunicativa. Sabía reírse y tomarnos el pelo. La
encontraba muy guapa y la admiraba, sin comprender exactamente que su
personalidad tan atractiva era sólo la irradiación de una vida interior
intensa. Era extremadamente dulce y su alma de artista se revelaba límpidamente
cuando tocaba con brío las piezas de los más grandes músicos.

Cuando
salió del pensionado, hablábamos sobre todo de música. Entonces tenía grandes
ambiciones, incluso vislumbraba en el horizonte el Premio de Europa. Hoy me
parece que su pretendida ambición era sólo para ocultar que su único objetivo
era el gran amor a Dios que la invadía.

Una
vecina dice: Dina era una joven muy distinguida, no caprichosa, generosa. No
pedía nada a sus padres, se contentaba con todo. Nosotros éramos pobres, yo
tenía once hijos. Cuando mi marido le pidió ser la madrina de una de mis hijas,
ella se sintió contenta y honrada. Desde Nueva York, a pesar de su mucho
trabajo, nos escribía una vez al mes.
Estaba
atenta a lo que necesitaban los demás. Una compañera nos dice: En un sainete
musical yo tenía que jugar el papel de pordiosera; no tenía un abrigo oscuro y
no sabía qué hacer. Dina espontáneamente me prestó el suyo después de haberle
quitado los botones, lo que lo hacía más miserable.
